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Campesinas y campesinos

En Colombia existen diversas regiones y por ende la población campesina cambia según cambian las mismas, los climas, las costumbres y las historias que han ido definiendo los territorios. Cultivan diferentes productos y se expresan con dialectos que varían según la altitud. Pero hay algo que si es común a todas, que les afecta por igual y que ha sido la constante desde los tiempos del mestizaje.

La campesina y el campesino van labrando la tierra cuidando unos pocos animales, bien sea en los Montes de María, en el Urabá, en Putumayo o Boyacá. Ha colonizado, ha sido desplazado y aún así sigue bregando a hechar semilla en algún lado, a ver si algún día puede hechar raices, sin el temor de una avalancha bien sea por celo de la montaña o por la avaricia respaldada por una metralla.

La memoria persiste así los relojes se derritan, así se quieran acallar las voces. En cualquier ruralidad colombiana hay un hombre, una mujer que se piensan libres. Que recojen en su canto los días de su huerta, para nutrir los sueños, las esperanzas las razones de una vida digna, sagrada, respetada.

El campesino y la campesina miran el horizonte volviendo a su rancho, pensando en las cosechas, cogiendo cualesquiera rama seca para alimentar el fogón. Llegan a sentarse en un taburete en la cocina, a tomarse un plato de sopa mientras un gato se les restriega contra las piernas.  A lo mejor piensan en los oficios que ahora son obsoletos, a lo mejor solo están cansadas y quieren irse a dormir, soñando en campos floridos y enormes cascadas que refrescan la jornada.

Iván Pérez Mojica, 20 de febrero de 2018

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